Flores de Bach

Flores de California

Culpa

El estado de ánimo que sugiere este sentimiento está presidido por el remordimiento, transitorio o permanente, que agita la conciencia y le hace repasar continuamente lo ocurrido. Nos autoacusamos, nos criticamos, recurrimos a la autodefensa, nos sentimos inferiores, tendemos a someternos y acabamos por sumirnos en la tristeza y la melancolía. En ocasiones, estas personas tienden a asumir incluso las culpas ajenas, porque están convencidas de que deben compartir, e incluso asumir, las responsabilidades de todo el mundo.
Esta actitud puede tener, en ciertos casos, un origen familiar —por ejemplo, un padre o una madre demasiado exigentes—, y puede manifestarse de repente. Oculta siempre una sensación de inadecuación por no haber hecho bastante, tanto por nosotros como por los demás. También la religión, y en especial la católica, puede provocar un agudo sentimiento de culpabilidad: todo lo que no hemos hecho y debíamos hacer; los pecados que hemos cometido; la mirada de Dios, del sacerdote etc.
Se puede experimentar también una sensación más sutil pero no por ello menos difícil de sobrellevar: todas esas pequeñas cosas que no hemos logrado hacer: la llamada al amigo, el paseo que le prometimos a nuestros hijos quién sabe cuándo, los libros que habríamos querido leer, las exposiciones a las que nos habría gustado asistir, las lenguas que deberíamos haber aprendido, el tiempo que no supimos guardar para nosotros.
Con frecuencia, corremos el riesgo de que nuestra vida se convierta en un coro de «debería haber», «debería» y «debo» que revolotea a nuestro alrededor y nos hace pensar que mereceríamos ser castigados por ello.
Estos sentimientos de culpabilidad afloran también en casos como este: desde hace tiempo, queremos visitar a una persona querida, tal vez ya anciana; sabemos que le encantaría vernos, pero, por un motivo u otro, todos justificados, no lo hacemos; hasta que, al final, esta persona fallece.
Por otra parte, todos somos también bastante proclives a permitir que las convenciones y los condicionamientos sociales y económicos nos afecten. La vida transcurre a un ritmo frenético y no nos permite hacer las cosas que realmente cuentan para nuestra paz interior.
Lo cierto es que, si el castigo no proviene del cielo, como por otro lado consideramos que sería justo, tratamos de castigarnos.
Así, elegimos estar con las personas equivocadas y aceptamos que nos hagan sufrir, y en nuestro interior sentimos que está bien, o bien pedimos perdón por todo y a todos y despilfarramos grandes energías en inculparnos.
También los niños pueden llegar a esta situación. En la mayor parte de los casos, porque los culpabilizan los adultos, que tienen una gran responsabilidad al transmitir, aunque sea de forma inconsciente, este estado de ánimo. A menudo más por descuido que por maldad o mala fe, o porque no son conscientes del efecto que una pequeña frase puede tener en un ánimo sensible.
Por consiguiente, podemos encontrar niños que se acusan para defender a sus compañeros, que aun teniendo razón aceptan que se les considere culpables y que se preocupan por lo que ocurrirá si por torpeza golpean o estropean algo.
Desde el punto de vista físico, estas personas expresan su malestar con achaques aparentemente lejanos del problema originario. En efecto, esta actitud masoquista de quien espera y acepta el castigo divino por sus fechorías, acaba ensañándose con las partes más débiles del organismo. Por lo tanto, el tipo Pine está más expuesto que otros a sufrir trastornos más o menos graves: dolores de
cabeza, de espalda o de estómago, o bien problemas respiratorios y de corazón.
Las Flores de Bach nos enseñan a asumir nuestros errores y a aceptarlos, ya que no hay nadie en el mundo que no se equivoque. Lo importante es darse cuenta de ello y tratar de no caer en el mismo error. Las Flores de Bach nos ayudan a desarrollar una profunda comprensión hacia la humanidad, y nos permite discernir entre culpa y penitencia. Por último, nos permiten acceder a nuestras reservas de paciencia, humildad y modestia para poder ayudar a los demás, sin asumir culpas que no son nuestras; nos ponen en contacto profundo con nuestras emociones, de las que puede brotar un arrepentimiento equilibrado, y nos enseña a no despilfarrar las energías en una inútil espiral de inculpaciones.