Hay momentos de la vida que hacen que nos sintamos desilusionados, deprimidos, escépticos y melancólicos.
A menudo, cuando se cae en alguno de estos estados, sobre todo a causa de contratiempos o problemas externos, uno sigue atormentándose analizando cada situación y limitando así su propia capacidad de percepción.
A esta situación pertenecen también el pesimista convencido, siempre a la caza de acontecimientos negativos que le demuestren que su pesimismo está totalmente justificado, y el gran escéptico, que hace de su escepticismo un tópico, negándolo todo y a todos, utilizando una forma de pensamiento muy intenso pero claramente negativo.
En esta condición de duda constante, incluso cuando las cosas van de la mejor manera, uno acaba atribuyendo al menor obstáculo un peso tan relevante que nos exponemos a perder el sentido de las proporciones y a abatirnos con facilidad. De hecho, uno está tan convencido de que no puede cambiar nada y no puede escapar de ciertas situaciones, que acaba realmente perdiendo de vista el panorama general.
En este estado puede caer también quien padece una larga enfermedad o ha sufrido una recaída, quien ha perdido a su pareja o acaba de separarse, los parados de larga duración o quien ha abandonado su casa para hacer una cura de reposo.
Estas situaciones pueden suscitar depresión y falta de fe en el futuro y en el mundo que nos rodea. Nos sentimos desorientados, apabullados por los obstáculos y víctima de los acontecimientos negativos.
Las Flores de Bach nos ayudan a ver las dificultades sin caer en la desesperación, así como a considerar su peso de manera realista.
Las Flores de Bach nos ayudan a que el Alma desarrolle una fortaleza mayor y una confianza inquebrantable en el devenir de los acontecimientos.