Todos hemos conocido a alguien que esta desesperado y piensa que no podrá mejorar, haga lo que haga. La mayoría de las personas que sufren una enfermedad crónica o incluso incurable se exponen a caer en este estado.
De hecho, tras someterse a las terapias y constatar una escasa mejoría, empiezan a pensar que quizás no valga la pena y cada vez sienten menos deseos de probar nuevos métodos, que acaban considerando como auténticos experimentos.
Esta actitud es muy peligrosa, porque acaba provocando un doble daño: el que se instala en el cuerpo etérico, al haber perdido el contacto con el propio yo y descartar la esperanza de mejorar, y el que anida en el cuerpo físico. Y es que no hay duda de que la falta de esperanza impide también que el físico reaccione a los tratamientos.
Con frecuencia, estas personas pueden perder el interés no sólo por su propia situación sino también por el mundo que les rodea. Como si, en cierto modo, hubieran declinado formar parte de él.
Se han librado internamente a la ineluctabilidad de su situación y ya no esperan que nada o nadie pueda modificarla, aunque sí están dispuestos a dejarse ayudar para complacer a los demás.
Las Flores de Bach pueden ayudarnos a transformar esta profunda sensación de desesperación, inducirnos a aceptar el momento que estamos viviendo y facilitarnos la recuperación a pesar de las recaídas, con la conciencia de que nada es seguro o inmutable en la vida y que las cosas pueden cambiar.
Si se hace la luz en la oscuridad del alma, se puede liberar una gran reserva de energía que desbloquee nuestro estado de ánimo negativo y nos permita acceder a una nueva esperanza y a una nueva seguridad. En ciertos casos, incluso se puede superar la situación.