Quién no conoce a alguien que tras una fachada de amorosa conducta, recurre a una forma inapropiada de solicitar, y manipular, la atención y la energía psíquica de los demás.
Las personas con esta tipología tratan continuamente de poseer a las personas que le rodean. Algunos niños tratando de atraer constantemente la atención de sus padres y que, si no se le prestó rápidamente, la cuestión desemboca en escenitas, llantos y, en el peor de los casos, fiebre, dolor de tripa e incluso vómitos. En ocasiones, el niño tiene una tendencia acentuada al estreñimiento: una señal elocuente en la dinámica de la posesión. Así como se enfada si su mejor amigo se va a merendar con otro niño o si la maestra ha puesto mejor nota a su compañero de pupitre.
Este niño suele resultar delicioso mientras logra mantener la atención de los demás hacia él; cuando esta atención disminuye, hace todo lo que puede por recuperarla, ¡sin medias tintas ni excluir los golpes.
Hay que tener en cuenta que quien cae en este estado, ya sea niño o adulto, es siempre una persona con un carácter muy fuerte y, por consiguiente, con una potencialidad muy alta que, sin embargo, no utiliza de manera correcta.
Así pues, estas personas son posesivas, egoístas e incluso tiránicas (especialmente, las más mayores).
Las mujeres son cluecas que lo guardan todo y a todo bajo su ala, con lo que impiden que sus hijos crezcan y vivan su propia vida.
A menudo, manipulan situaciones y personas para mantener intacta su fuerte influencia, y es que en realidad desean que tanto las situaciones como los sentimientos permanecieran inmutables, estáticos, seguros. Como el cordón que une a la madre con el feto.
Pertenecen a este tipo también los novios y maridos aprensivos, que siempre dicen lo que hay que hacer y lo que no, que no dejan autonomía alguna a los demás y se ocupan de todos los aspectos económicos de la familia. Organizan, critican y guían a su mujer y a sus hijos.
Son personas que temen no ser amadas y perder con facilidad el afecto de sus seres queridos, por lo que, cuando poseen algo, se pegan a ello de forma casi obsesiva o incluso enfermiza, hasta el punto de que la enfermedad puede ser su llave de acceso para despertar la compasión, el interés y la dedicación de los demás.
En realidad, están profundamente convencidas de que amar quiere decir tener derecho automáticamente a recibir algo a cambio: «Yo te he dado amor, y tú debes quedarte conmigo todas las noches», o bien: «He hecho muchos sacrificios por ti, así que tienes que venir a buscarme todos los domingos», y así con todo.
Y si no obtienen lo que buscan, caen enfermas: una forma sutil de manipulación que, por lo demás, logra desencadenar en el otro un intenso sentimiento de culpa.
Las Flores de Bach nutren la carencia interna de estas personas y las ayuda a equilibrar y encausar las corrientes de energía, especialmente en su recorrido por el corazón. Para logren entrega sin esperar o necesitar retribución, calor, amabilidad, delicadeza; para que aprendan a cobijarse en sí mismos.