Sólo vemos lo digno de objeción o lo precario de una situación.
La estupidez de otras personas nos fastidia.
Reaccionamos en determinados momentos con mezquindad, pedantería e inflexibilidad.
Estamos tensos, endurecidos.
Reparamos enseguida en los errores de los demás.
Carecemos de comprensión e indulgencia para con las deficiencias de otras personas.
Todos caemos en alguno de estos estados con cierta frecuencia, incluso sin darnos cuenta del todo. Cada vez que alguien nos molesta, que criticamos la forma de ser de los demás, que arremetemos contra los adolescentes que van a la discoteca, contra los ancianos que no nos comprenden, contra el gobierno, contra los impuestos, contra los inmigrantes, contra las autoridades, contra el tráfico, estamos penetrando en una problemática de este tipo.
En este estado, uno tiende a formular una crítica excesiva, quizá sin tener todos los elementos necesarios para formarse una opinión correcta, para descubrir después que habíamos exagerado o que incluso estábamos equivocados.
En este estado, nos mostramos con frecuencia irritables, puntillosos, meticulosos y altaneros.
Creemos que las personas que nos rodean no saben nada y que sólo nosotros somos sensibles, cultos, capaces de comprender lo que está bien y lo que está mal. Este tipo de comportamiento tiene que ver con la dificultad de observación respecto a los demás; por tanto, lo que nos molesta de ellos no es más que un reflejo de lo que nos sucede.
Así, lo que no nos gusta de nosotros nos provoca inseguridad, por eso ostentamos una fachada de seguridad, de alta cultura, de superioridad.
Este estado, si se prolonga en el tiempo, puede provocar aislamiento, dado que las personas criticadas suelen evitar a quien les critica y, por consiguiente, la soledad va aumentando y empeora su juicio sobre los demás: de este modo, cae en el clásico círculo vicioso. Este estado de ánimo puede afectar incluso a quien pertenece a pequeños grupos, o familias, no muy bien aceptados por la comunidad, lo que les confiere un sentimiento de superioridad derivado de su marginación: nos aislamos dentro de un grupo para no sentirnos rechazados.
Las Flores de Bach logran que este comportamiento deje sitio a la tolerancia y a la indulgencia, así como a la capacidad de ver todo lo bueno que tiene la vida. Propician una actitud tolerante, para que podamos reconocer la unidad en la multiplicidad. Y así, a partir de la calidez de nuestra Alma, podremos soltar la dureza para poder aceptar al "otro".