Hay ciertos estados, ya sean o no transitorios, en que una persona, a pesar de vivir en el presente, dirige sus energías hacia el pasado para transformarlo a su medida, olvidando que en la evolución constante está el secreto de la transformación y de las leyes de la vida.
La viuda que llora a su marido y no se decide a deshacerse de sus viejos trajes, la hija que mantiene la habitación de la madre muerta tal como estaba cuando vivía o, en el extremo, la madre que aún pone un cubierto en la mesa para el hijo desaparecido prematuramente. La familia que se traslada a vivir a otra ciudad y no logra adaptarse a ella, o quien se niega a envejecer y sigue vistiéndose como si tuviera veinte años, o el deportista que sigue luciendo en el salón los trofeos que ganó hace cuarenta. Las personas ancianas, puesto que no pueden ver en el futuro una posibilidad de vida mejor; y es que, frecuentemente, se ven excluidos de la realidad familiar y, por lo tanto, sólo volviéndose hacia el pasado sacan fuerzas para sobrevivir.
Estas personas tienden a referirse de continuo al pasado, tanto interiormente como durante la conversación.
El pasado resulta idealizado y uno querría que todo volviese a ser como era antes. Así, se piensa en los buenos tiempos con melancolía. Con frecuencia, uno no se resigna a la pérdida de una persona amada y vive inmerso en los recuerdos.
Desde el punto de vista físico, pueden presentarse problemas de vesiculitis, dolores en los hombros, arterioesclerosis, cataratas, quistes, lumbalgias, dolores dentales o pérdida de piezas.
Las Flores de Bach nos regalan la capacidad de hacer revivir el pasado como parte integrante del momento presente y como estímulo para la vida futura, lo que nos permite invertir la fuerza de nuestras experiencias de la mejor manera. Buscan en sus experiencias pasadas el sentido de su vida, sin elaborarlas de acuerdo con el «aquí y ahora».
Transforman el contacto con el pasado en una experiencia vital, que analiza para reconocer tanto sus aspectos positivos como los que quedan en la sombra, y atesorarlos para su propio crecimiento.
Las Flores de Bach, como una ducha reparadora, crean un nuevo espacio para una vitalidad consciente y permiten acceder a un alimento distinto, en un equilibrio renovado entre la interioridad y el sistema psicofísico.