Cuando nos encontramos en situaciones de emergencia, tenemos tendencia a sentir pánico. El terror nos pone los pelos de punta, temblamos, sentimos un sudor frío y tenemos ganas de salir corriendo no importa adonde. El corazón parece que se nos para aunque, al mismo tiempo, se desboca.
Puede ocurrir tanto en situaciones reales de peligro como ante incidentes, miedo, dolencias imprevistas, pesadillas o momentos de desazón espiritual.
A menudo, esta situación reseñada aparece acompañada por una molesta y desconcertante sensación de endurecimiento o contracción en la boca del estómago.
En este estado la sensación de estar inermes, de no poder enfrentarse con lo que ocurre lo que paraliza e impide a la persona que lo padece que su mente razone con lucidez y reaccione con rapidez. La angustia va ganando terreno. El sistema nervioso es incapaz de hacerse cargo del nuevo estado y se desmorona bajo el peso del horror. El sentimiento de indefensión e impotencia es tan grande, que incluso la vista y el oído parecen desaparecer, quedando la persona petrificada.
En los niños, este estado puede estar provocado por algo que les ha asustado pero que no es especialmente grave. El niño se asusta por cosas que a un adulto le costaría imaginar, como las fieras enjauladas, los osos, las máscaras, la bruja de Blancanieves, un señor con barba o un pasadizo oscuro.
Las Flores de Bach nos ponen en contacto con nuestra reserva de coraje y de heroísmo, permitiéndonos afrontar incluso las situaciones más difíciles y reaccionar con prontitud y decisión.